Ni ese instante.
Donde se funden océano y sol en una sangre lenta y roja, universal.
El lado de la moneda donde el rostro o la espada dan al azar el privilegio de su rutina.
La imagen inmaculada de un cristo sangrante y fatigado, la luz fraudulenta de un milagro instantáneo.
Un muerto más o mil muertos más todos son el fin de ese recorrido que es océano vasto.
Quise ser ese animal que luego de un acto acrobático y heroico se esconde de nuevo en la oscuridad, desaparece.
Y sólo eso pudo algún día haber sido el último vestigio de mi mayor logro.
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