sábado, 16 de agosto de 2014

Cuando cae la noche, pienso en Flor Estevez, en un hombre solo, lento, incansable. Cuando llega la bruma de los recuerdos, puedo mirar en un espejo reflejos sin sentido, actos perdidos en el tiempo. Moriré. Pero en las noches, en las aguas de la madrugada, en medio de todo permito que mi ser se asombre a cada instante, sonriente, distante. Y aunque todas las manos puedan atropellarme con sus ansias, detener su mirada en mis ojos inexpugnables, tratando de entender, de saber cual es la entrada al recinto, éste es un lugar transparente.
Siempre pienso en la sonrisa de Flor, en su lenta forma del amor, en sus mirada dispuesta a mi compañía, en su apacible armonía, en mi terca obsesión, en la fiebre de mi alma, en que algún día moriré, en que en un espejo no reconozco la figura desplegada y repetida.
Se que algún día moriré.
La mano que se posa no toca más que un cuerpo-instante, todo en mi fluye, desde la sangre hasta el lento respirar que ya no fue. Como Maqroll, la disposición al fracaso es una bandera desplegada dentro de mi corazón, dispuesto a la lucha, a perderse por nada.
Al final algún día moriré y de mi después la nada.
Moriré y aunque se detenga cansada la sangre y dentro de mi no brille ya ninguna luz, estará el recuerdo de Flor Estévez, respirando cerca de algo que podría ser un recuerdo, impecable, irrepetido y único.

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