martes, 8 de abril de 2014
Y ese blues tan bello...los ojos se me llenan....la vida.
Cuando murió su epitafio decía: Con que eso fue la vida...
Pero debajo de la tierra, él Hombre despertaba y meditabundo contaba los segundos que pasaban, sintiendo el lento toque de sus dedos contra una sabana seguramente blanca, su respirar estaría empañando el vidrio donde antes estaban seguramente los rostros desfigurados por el dolor, ante lo cual ya no quedaba nada, creyó verse en ese reflejo, intentaba construir, construirse en medio de ese momento. Qué podría haber pasado? se preguntaba y todo era oscuridad.
Juntó sus manos y las sintió húmedas. Frías.
Tenía un nudo sutil en la garganta.
Su mirada estaba clavada en la nada y pensaba en Borges, en algún reencuentro, en el intimismo, la sutil medida, el rencor de los muslos de una mujer adormecida, paladeaba antes de saberse asfixiado en medio del vicio de sus pensamientos, acercarse un poco a su lengua, lentamente como solía hacerlo y apretar su calor, penetrar con su mirada la muralla de sal, devolverla al vacío, entregarse al precipicio; pero todas esas fantasías no se permitían a plenitud, había una realidad de tajo, un reloj, un cedro que sería su cama, el espacio-tiempo, la medida de todas las cosas, pero la idea la pareció improbable....sabía que después de la muerte, la nada.
El Hombre se detuvo un segundo y comprendió que debía entregarse a otro momento; a su deseo único de morir de viejo y en paz....acariciando sus manos de papel...como las hojas del solar y las manos de Angélica...suaves...únicas.
La tersura de los recuerdos lo fue llevando, Octavio, subiendo su cabeza...esperando que pasará una cuchilla de afeitar que le devolviera un poco de esa vida que iba perdiendo ante el sol de la mañana, sabiendo...
El olor a caucho y humedad del sótano donde un hombre de ojos azules hacía la luz.....
Todo...era él y ese momento perdido ya.
No hay plazo que no se cumpla y el aire...que importante elemento.
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