
Con cándida amargura El hombre recuerda…se alimenta…se envenena….tantea el viento entre sus cabellos, se entretiene con el paso de las cosas y ve llegar desde la lejanía lo que alguna vez pudo ser y que como todo, no fue.
Nutre sus recuerdos de las manos que palparon, no una mujer, sino y por diminuto que fuera, la embragues de la dicha, la dulzura de la vida, la simpleza de lo bello, y cedió, por fin sus trucos mágicos se derrumbaron como arboles ante la inevitable tormenta, solo la piel y las carnes, se estremecían ante su presencia que simplemente lo cubría todo, y lo que en algunos tiempos era un manjar de comensales ciegos se había convertido en el instrumento, cada dedo húmedo formaba una línea que lo explicaba todo, las lenguas se enredaban en un deleite poco común y el tiempo se movía al compás de lo infinito. Y era magia.
Pero ya ha quedado atrás esa época en que todo era luz y se ciñe nuevamente una cuerda antigua con la que muchos hombres habían perecido, solo queda el eco y cada vez se hace más tenue.
Seguirán miles de ojos palpando la curvatura, untando con saliva y palabras repetidas los mismos labios, penetrando una carne podrida que dirá las mismas cosas, el eterno retorno, la mímica del amor y al final ni esto tiene sentido.
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