Qué necesidad existe en que diga un nombre?
Un nombre es sólo eso: flor, es cualquier flor, no deja pie al misterio...no permite pensar en el agua que sube por sus venas, ni la sed con que ella consume la vida.
miro las manos y no veo mas que líneas, difícilmente pienso que eso me pertenece...las pertenencias hastían....el goce hastía, la vida lo hace consuetudinaria.
Que necesidad puede haber en que diga sexo, si puede uno imaginarse el olor del amanecer, el café, la lluvia...soñar con que ese día no pasará...pero todo termina como el silencio...alguien disimula una mueca, toca una puerta, induce con una pregunta tonta. Rompe el ocaso.
Recuerdo que una tarde llegue a un sitio llamado el valle del silencio.....
viernes, 27 de abril de 2012
jueves, 26 de abril de 2012
El Hombre

Dónde cabe tanta desolación, dónde guardo tanto desconsuelo, dónde esta arraigada ésta melancolía de péndulo.?
-Pensaba El Hombre, con la mano puesta en el único lugar culpable, el baúl que escupe sangre por todo el cuerpo.
Soy un cáncer que se come a si mismo, la cura de algo propio.
soy la maldición de ser, soy el verdugo de mis ojos, soy la palabra dolor, soy la vacilación y el desconsuelo, pensaba...sintiendo cada vez con mayor ira como sus pies lo doblaban y lo postraban contra el suelo. puso su cabeza en la tierra. Oró.
Dio gracias por todo.
imploro por fuerzas....que no llegaron.
lunes, 23 de abril de 2012
El adiós....los adioses.
bajo el gabán se movían las manos tanteando los fósforos y los cigarrillos, el frío golpeaba contra la piel descubierta y pálida.
En estas condiciones es imposible encender cualquier cosa -pensó El Hombre.
Empezaba a llover y caían cada vez y con mayor ferocidad unas gotas que traían la sensación de querer lavarlo todo.
abajo, en las calles más próximas a los burdeles, seguía sin detenerse el sonido de un tango, el ronquido áspero de una vitrola, el llanto de algún Gardel; algunos hombres veían desinteresados desde sus mesas el movimiento calculado, la frialdad de la mirada, el compás cadencioso de unas caderas. Cada uno de los clientes deseaba una decepción, el fin de la música, alguna equivocación, una puerta que se abre.
Volver a la desdicha de saberse habitantes y dueños de sí.
En estas condiciones es imposible encender cualquier cosa -pensó El Hombre.
Empezaba a llover y caían cada vez y con mayor ferocidad unas gotas que traían la sensación de querer lavarlo todo.
abajo, en las calles más próximas a los burdeles, seguía sin detenerse el sonido de un tango, el ronquido áspero de una vitrola, el llanto de algún Gardel; algunos hombres veían desinteresados desde sus mesas el movimiento calculado, la frialdad de la mirada, el compás cadencioso de unas caderas. Cada uno de los clientes deseaba una decepción, el fin de la música, alguna equivocación, una puerta que se abre.
Volver a la desdicha de saberse habitantes y dueños de sí.
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