
Ojalá manejar los hilos del deseo.
Esa patria lejana, el lugar donde a veces duermen las piedras.
Ojalá mover los peldaños, limpiar los escombros de ojos secos.
Ojalá preguntar con lenguas de fuego, ser un dios inhumano, arbitrario, sonriente.
Determinar las cosas: darle un sentido con rigor quirúrgico a las todo lo que cae o pasa.
Quisiera que los días se detuvieran, ser la displiscencia misma ante los derrumbes humanos.
Ojalá poder ser tan solo un sonido, repetido, el que tanto quiero.
pero no soy nada.
Todo me lleva, me envuelve, me arrastra.
Cuando dictaron la sentencia, el hombre agacho un poco la cabeza y de lo poco que dejaba ver la contraluz de sus ojos, una mueca, casi una sonrisa brotó.
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