miércoles, 30 de junio de 2010

Donde me impongo la autodisciplina nace un flor.

siempre debe llover...
pensó el hombre.
algo paso ese día porque desde la calle subía el sonido de una guitarra, desde el techo bajaban los ruidos casi imperceptibles de la lluvia.
se estaba tan bien, las preocupaciones no se detenian en el hombre.
las palabras no emanaban porque no había palabras, no existía nada de él para las personas de la calle o de las habitaciones contiguas a la suya.
no existía se decía el hombre.
No soy, pensaba.
no había nada, pero estaba él, el hombre impertinente, lleno de vacío.
agazapado, mirando un azul lejano, mirando como el viento movía las flores de la ventana, moviendo alternativamente el cigarrillo en sus dedos, dandole cuerda a la caja de musica reencontrada en un gabinete del armario.
había descubierto el hombre el afanoso imperio de lo efimero y el desasosegador jardín de fuego, todo mezclado con el perfume de unas simples prendas de mujer, el recuerdo de su paso por los pliegues, la tela, los guantes mudos, vacios.
la sonrisa, el recuerdo.
se estaba tan bien.
pensó el hombre.

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