Todas las madrugadas cuando aún la cúpula negra andaba por la piel, los pescadores en sus embarcaciones arcaicas lanzaban a la infinidad oscura sus redes, pescando estrellas movedizas. Las aguas se movían tranquilamente y la luna empedrada en el firmamento temblaba lentamente en los ojos de tantos hombres.
Cada uno de ellos en silencio hacía su labor, fumaba distraído, sentía sin ningún tipo de reproche el sudor rodar por la espalda.
El sonido del agua en las maderas de los botes conjugaba el tiempo y eso era el tiempo.
De repente una estrella fugaz sonó cercana en el espesor de la noche, Jorge levanto la mirada y alcanzó a ver solo un segundo de la luz tenue que se iba disipando en el infinito, desvanecido ya. Escupió su cigarrillo y este sonó ahogándose en el agua, paso la mano por su cabello, la sal o su olor se escurría por todos lados, un suspiro se le escapó del pecho. En el fondo de la noche un pecador toció.
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