miércoles, 19 de septiembre de 2007

Quinta entrada

J

Salí atropellando el viento, el agua, y a pasos agigantados sin saber por que me encontraba tirado en el piso, indignado por la estupidez, la bolsa negra que no vi me mandó hasta el corno; entre silencio y gotas que caían, lo juro, disfrute estar como un amasijo en el piso mirando el cielo desde esta perspectiva lúgubre, boca arriba las gotas ahogaban mis ojos, diez o quince segundos me parecieron suficientes para levantarme y seguir con mi propósito de encontrar a Aurora. Como todo buen propósito se desdibuja con el tiempo, anduve varios sitios que me parecían lógicos por donde ella pudiera estar abrigándose del frío, pero en ningún lugar sabían dar cuenta de ella, aparentemente no existía, la imaginé varias veces durante el transcurso de esa tarde gris de septiembre, con otros hombres, sonriendo, repitiendo maquinalmente los mismos gestos aprendidos, jugando con ellos, mirándolos y acentuando su mirada obediente y sensual, andando sobre palabras exquisitas, convenciendo. La imaginé mientras las gotas rodaban por la gafas, como una mandrágora, despertando a otra sensualidad que yo en silencio deploraba. La rabia me hacia entrar en cualquier bar y tomar un ron de un solo trago, morder el vaso y tratar de limpiar las gafas que a cada segundo se empañaban.

Siempre le temí a muchas cosas de pequeño, pero ahora a esta edad donde la ropa es gris o negra, donde no se sueña con la llegada de los años, esta edad en la que la estupidez es advertida de inmediato y cortada de un tajo, en que los ojos no buscan mas que el silencio de la soledad y tal ves, una mujer desapercibida e incauta pero eficaz e inteligente. La oscuridad, anhelada, el invierno y el otoño felizmente apreciados, una tarde tranquila y un libro, tratar de no correr, fumar un cigarrillo, ver llover, tantas cosas.

Pero siempre esa ruptura absurda, la caída de la piedra en al agua, las ondas y halos, el movimiento imperceptible, hasta la punta de la nariz y de nuevo, el sentirme sin Aurora al lado. La podía odiar tanto en estos momentos, me dañaba lo que había construido ferozmente por tantos años y ella lo sabia, pero con los locos es imposible hablar desde una objetividad aristotélica, así que me invente un futuro con ella, jugué a creer y después, puf. Ella no aparece y llueve como si fuera el diluvio, y mis pies se me parten del frío, y la mano y el ron que me quema el estomago y recuerdo no haber comido desde ayer, y ando sin cigarrillos y todo es un infinito absurdo, que me molesta, pero se da en el momento preciso, en el instante exacto, en que abren la puerta y miro.

En el barcito sucio de Diego, lo encontré atónito mirándome.

qué te paso? Pareces un naufrago.

Nada no vi una bolsa y me fui al piso como buen camicace, maldita sea me duele el traste, y creo que me doble una mano.

Mostrá, vení te curo eso. Conociendo los trabajos arquitectónicos de Diego preferí que luego me cercenaran la mano a dejarme tocar bajo la lupa objetiva del doctor que sabe. – No deja así nomas que mas tarde miro que queda de esa extremidad. Oíste que paso con el cuadro que andabas pintando? –nada que dios es un imbécil y se me mostro cuando lo que pretendía era demostrar que no existía. –Donde lo viste? -En una mujer.

Ajá, y eso como.

Ya ves, siempre el muy malnacido se las ingenia para jugar con nosotros y nos quita la última carta de la mesa.

El ya las conoce todas, le dije.

Dame un ron que me duele la mano, y después de cinco mas miramos los dos que hacer con ella, ¿tenés serrucho y gasa?

Si y mas tragos de ron por si te duele.

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