J
El cigarrillo húmedo se derretía entre los dedos manchados, la lluvia caía sinuosa, incesante y no permitía la apacible movilidad de todas las noches, las largas caminatas hasta el muelle, sucio, de tablas roídas, todo compensado por la luz tenue de las lámparas, la movilidad de las olas parpadeantes, la espuma disuelta entre murmullos de arena que se recorría eternamente a si misma.
Los tablones anacrónicos, alejados del tiempo absurdo, del nacimiento de las cosas, todo apacible y apagado. La soledad completa y absoluta sin ningún tipo de intermediario; el viento frío, las gotas que desbordaban en augurios la precariedad de las cosas.
Todo estaba quieto y silencioso, no había nadie en la acera del frente ni en la parte posterior, en la profundidad del silencio un perro desgarraba dos aullidos lejanos y torpes, el viento golpeaba el rostro de julio, lo hacia entrecerrar los ojos, lo invitaba a otro sitio, le dificultaba la vista; no lo comprendió por un momento muy largo, hasta que por fin dejo cerrar los ojos, se permitió el absorberse entre lo que estaba a su alrededor, entre el olor a algas y sal, a lejanía.
La memoria lo invadió, o el recuerdo lejano de impulsos ya dormidos, de muecas de satisfacción y desdén. Compañeros habituales.
La aurora llegaba, algunos barcos salían del puerto, con sus velas diminutas, pescadores difuminados por el esplendor cotidiano de cada jornada, la precariedad, el hambre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario