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Desde la ventana veo correr el agua de la lluvia hasta las alcantarillas atiborradas de basura, imagino los rieles del tren oxidados, el mar revuelto por los días, las tablas, la arena sucia, las aves encerradas en sus plumajes, con las patas húmedas, los polluelos ahogados en sus nidos, algunos huevos despertando a la vida, las condiciones, todo, absolutamente todo mezclado con las nubes bajas, detenidas sobre los edificios grises.
Y yo en esta ventana absorto en el goteo incesante, en los sonidos que trae este clima atroz que no para; tres días en los que no para de caer agua, tres días en que me pesan los ojos de tanto libro, en los que no se siente ningún olor que no sea de cigarrillo y café. No se apacigua la monótona lluvia. Los autos pasan despacio, no hay gentes en ningún sitio determinado. No hay nadie en ningún lugar.
Solo por este tiempo comenzaba a sentir el deseo de que Aurora lo buscara, le acariciara el cabello, hablara sola largamente y susurrara su nombre; pero ella no estaba, no habitaba este cuartucho la tibieza de su presencia y era prácticamente imposible no ir sintiendo como una especie de odio ontológico por ella, una sutil y desesperanzada furia.
La puerta no sonaba.
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